Atención a la imagen sacada de un foro de profesores.

A mi colegio, y en plena fiebre de las pizarras digitales interactivas, han venido un montón de comerciales a dar “cursos” sobre “la pizarra digital”. Lo primero que tengo que decir es que eso no es un curso, sino una demostración, y lo segundo que la PDI es como una pantalla táctil que sustituye al ratón (Si la queréis ir probando, y si no con esto damos por finalizado el curso).
Los “cursos” que se nos han ofrecido no han sido sobre PDI, ni sobre cambios en la pedagogía, la metodología y el funcionamiento de la clase posibilitados por la PDI (lo cual hubiera sido mucho más interesante). En realidad lo que se han hecho han sido demostraciones de lo “chachi-guais” que son los programas que acompañan estas pizarras. Cinco programas para seis pizarras de cinco marcas distintas, cada uno más bonito que el anterior. Cada uno más capaz de absorber la atención de los niños con sus colores y figuras, manteniéndolos absortos en la explicación del profesor con las bocas abiertas. Mmmm… Lo dudo mucho, o al menos dudo que esto funcione más allá de las primeras dos o tres semanas.
En realidad es sobre estos programas sobre los que quiero escribir. Simples programas de dibujo que, en mi opinión, tienen dos defectos que los hacen absolutamente inutilizables.
En primer lugar creo que estos programas dificultan el buen uso de las PDI porque nos ponen demasiado fácil caer en la tentación de utilizarlas como pizarras normales pero “guais”. Las pizarras digitales deben ser utilizadas para escribir en ellas (por supuesto), pero entonces estamos pensando otra vez en la clase magistral y vuelta a lo mismo: innovación casi cero. La innovación consiste en utilizar las pizarras para buscar información sobre la marcha en la wikipedia, para mostrar imágenes y mapas en tiempo real, para entrar en el blog o el twitter de un personaje sobre el cual estamos hablando, para ver que han escrito nuestros alumnos en su twitter sobre la última excursión, para entrar en museos virtuales… Tal vez llamarlas “pizarras” sea el primer error, y tal vez no sea necesario el desembolso que supone la diferencia entre interactiva o no. A mi personalmente el gasto que supone la interactividad me parece superfluo.
En segundo lugar, estos programas son privativos y, dada la lucha que existe actualmente para hacerse con el mercado, totalmente incompatibles entre sí. Esto significa que los documentos y actividades realizados con uno de ellos no se pueden abrir con otro.
Imaginemos una profesora que prepara un curso entero o varios cursos de actividades con uno de estos programas. ¿En que situación se encuentra? Para empezar solo puede utilizar las pizarras de una determinada marca, puesto que en la licencia de uso de muchos de estos programas se indica que solo se podrán usar con hardware de la misma marca. En un colegio donde las pizarras las regalan las editoriales como un valor añadido a sus libros esto es imposible. Pero esto no es lo peor, ya que al menos puede usar sus documentos, y el trabajo que ha hecho ha servido para algo, pero ¿que sucede si la empresa que ha hecho el programa deja de sacar actualizaciones o estas dejan de ser gratuitas? Nos encontraríamos con que nuestros documentos solo pueden ser abiertos con un programa y que, por tanto, estamos totalmente atados a él y a la empresa que lo produce. No sería el primer caso de perder el trabajo realizado simplemente porque no podemos exportarlos ni existe ya el programa con el que poder abrirlos.
¿Cual es la solución? Primero un cambio de metodología: hay que usar internet, las redes sociales, la web, etcétera. Creo que es mucho mejor para trabajar la competencia digital y la matemática que los alumnos vean como se utiliza una hoja de cálculo para resolver un problema real, o buscar en internet un dato que necesitamos.
Y segundo: el uso de programas libres y formatos abiertos. Los programas libres también desaparecen, pero menos. Por ejemplo yo utilicé en los primeros años de universidad un procesador de textos llamado Lyx, que todavía existe (la última versión en este momento es de abril de 2011, para Linux, Windows y Mac).
Y para acabar los formatos abiertos son tipos de ficheros cuya organización interna no es un secreto, así que cualquiera puede hacer un programa que trabaje con ellos. Es común que la gente crea que el binomio formado por un programa y sus documentos es irrompible, hasta el punto de referirnos a los ficheros .doc como “documentos de Word”. En muchos programas esto no es así, y mucho menos en los programas libres. Los ficheros ODT, SVG, PNG, etcétera, no son “documentos-de-un-programa” porque hay muchos programas que los pueden abrir. Si uno desaparece… incluso puede que encontremos otro mejor.
Por cierto: Dudo que nadie le dé a la profesora el número de serie que pide, porque creo que nadie con una pizarra smart en situación “legal” querrá ir a utilizar su número de serie y que el programa le conteste que ese número ya está en uso. Recordemos que estos programas se conectan a internet para buscar actualizaciones y validar los números de serie.